
Presentado el 23 de mayo de 2024 en la Biblioteca Pública de Segovia, el poemario Formas de ser un paisaje, editado por la Isla del Náufrago, fue presentado por el editor y poeta Amando Carabias María.
PRELUDIO
Si
alguna vez nos preguntaran qué somos, independientemente de lo que
creemos no formar parte, responderíamos tal vez y vuelapluma:
“exactamente esto que somos y no otra cosa”.
Y
aunque dicha respuesta facilita y resuelve sobradamente el día a
día, al igual que las Leyes de Newton hacen innecesaria la Teoría
de la Relatividad en el 99% de los casos, observaremos indagando un
poco, que no hay límite definido entre la corporalidad propia y el
entorno circundante y además la actividad mental que desarrollamos,
con su bagaje de recuerdos, razonamientos y reacciones voluntarias e
involuntarias, depende directa e intrínsecamente de ese medio
externo, sin el cual careceríamos de la consciencia necesaria para
reelaborar continuamente al humano que presumimos constituir.
No
se trata solamente de averiguar qué partes del cuerpo pueden
añadirse o suprimirse para seguir teniendo entidad autónoma y
diferenciada, sino qué sensaciones circunstanciales de las que
experimentamos a lo largo de la vida, podríamos excluir o añadir,
sin dejar de constituir el mismo Yo
que creemos ser.
Entre
las opiniones antropológicas y filosóficas que puedan aportarse a
la discusión, me adscribo a las que definen el ser humano como
cúmulo exclusivo de circunstancias
que desarrollan evolutivamente una Consciencia
capaz de recaer sobre sí misma y elaboran criterios unificadores
sobre su ser y su entorno. Esos criterios
unificadores son lo que el ser humano denomina Realidad.
La
Realidad
es pues un “constructo” de la Consciencia
a la que ésta llega mediante la experiencia y la adecuación al
medio, en el cual el ser humano inventa el Yo,
para sobrevivir.
Quiero
decir con esto que el Yo
es una invención necesaria sin la cual la locura o la dejación de
nuestras acciones de preservación nos llevarían a la destrucción
de la identidad, pero siempre producto de un deseo más que de una
constatación imparcial, neutra y desinteresada.
REALIDAD
Y VERDAD
Sería
bueno, antes de continuar con esta difuminación del Yo
respecto de la Circunstancia,
dejar claro qué es la Verdad
y cuales son sus diferencias fundamentales con respecto a lo que
pueda ser la Realidad.
Entiendo
que algo puede adquirir el atributo de verdadero, sea un hecho o un
aserto, cuando es capaz de mantenerse constante en sus test de
prueba, es decir, cuando es capaz de comportarse siempre del mismo
modo sometido a los mismos condicionantes.
Diferenciaría
entre Verdad
tautológica: “Lo blanco es blanco”,
Verdad
psíquica: Cualquier silogismo y Verdad
física: Aquellas formas energéticas que
constituyen el Cosmos y sus correspondientes transformaciones, así
como las fluctuaciones cuánticas que interconexionan el vacío con
dicha energía.
Por
otra parte, a algo se le puede asignar el atributo de Real,
cuando posee una lógica común humana, ajustada a las capacidades
que los sentidos poseen.
Por
ejemplo, el hecho de que un tomate sea rojo es algo real,
ya que lo dice esa lógica común humana y eso nos vale en la mayoría
de los casos, pero no es una verdad
absoluta porque tiene el condicionante importante de ser algo
relativo a la capacidad visual del ser humano, a las longitudes de
onda que gestionan su visión y a que no todos los conos y bastones
que constituyen dicho ojo, responden sensorialmente del mismo modo a
los estímulos luminosos.
Resumiendo:
La Verdad
es y debe ser absoluta, para seguir manteniendo la categoría de
sumamente fiable, mientras que la Realidad
es relativa y sirve para la vida cotidiana en un amplio número de
casos, pero no en otros sumamente importantes.
EL
POBRE YO
Dicho
lo dicho, podremos entender que si el Yo
es una construcción de la Consciencia
al recaer sobre sí, algo también llamado Autoconsciencia,
y la Autoconsciencia es
imprescindible pero no habilidosa en enfrentarse al mundo verdadero
sino al mundo real y por lo tanto al mundo relativo y a sus intereses
prácticos, el Yo carecerá
de Verdad
absoluta por mucho que sin él nos sintamos perdidos en amalgama de
inseguridades.
Alguien piensa, es cierto, alguien razona, ya lo dijo
Descartes, pero ese alguien, esa entidad, no corresponde con
exactitud a los atributos que le solemos asignar.
Bajo cierto punto de vista, ese alguien es un ser
humano definido, bajo otro punto de vista es un grupo de millones de
células que se han puesto, holísticamente, de acuerdo en su
supervivencia y que mueren a diario y son sustituidas por otras, para
mantener dicha supervivencia global.
Bajo
otro punto más, ese Yo no
deja de ser mero componente de una muchedumbre humana que actúa
conjuntamente como cierto Yo gigante y esta muchedumbre a su vez no
deja de ser un elemento diminuto de Gaia y Gaia un elemento diminuto
de un Universo al cual le importan muy poco sus componentes menores,
lo mismo que le trae al fresco su misma constitución y destino.
Recordemos el símil–posibilidad de estar el Universo
entero, inmerso en una gota de agua de un grifo indescriptible y
cayendo al sumidero de un lavabo de otro Universo súper mega enorme.
Es por eso que el Yo que conocemos, el que tanto me
atañe, ocupa y preocupa, no existe sino como necesidad intrínseca
referida unicamente a este tiempo y a estos tamaños en los que
nuestra consciencia se desarrolla.
De
estas conclusiones en que la mera Circunstancia,
con su
azar, leyes naturales y direcciones de actuación (dictadas por la
casualidad o por una fuerza ordenadora, que conoce o no las
consecuencias de sus decisiones), alcanza la categoría de única
verdad absoluta disponible, deduciremos que el Yo
debe estar
dispuesto a alargarse y a encogerse, a integrarse en el entorno y a
desprenderse de sí para alcanzar una mayor conciencia universal de
todo aquello que constituye sus atributos. Pierde forma, desdibuja
sus límites, pero a la vez que se disipa, se enriquece y está más
preparado tanto para desaparecer en su momento, como para ser capaz
de alcanzar estados superiores de espiritualidad en este mundo.
LO QUE SEA QUE ES ESE ALGUIEN
Llega el momento, pues, de reconsiderar la pregunta
inicial y tratar de obtener posibles respuestas. El momento de
entender qué grado de implicación posee todo aquello que en
principio no somos, respecto a lo que hemos creído ser y qué papel
juegan estas consideraciones en la evaluación de nuestra propia
entidad.
Si abrimos una ventana y observamos un paisaje,
supongamos, primaveral, con árboles comenzando a florecer y al fondo
una sierra nevada resplandeciendo bajo el sol, no cabrá pensar que
ese medio externo constituya ninguna parte propia, ni fisiológica ni
sicológicamente.
Sin embargo al ser impregnada nuestra consciencia por
las sensaciones que los sentidos le aportan, pronto advertiremos que
verdaderamente y no en sentido figurado, ya no somos “los mismos”
que antes de asomarnos a tal ventana.
En cualquier razonamiento posterior a esa experiencia,
habrá ligeras diferencias anímicas entre quien suponíamos ser y
quien ahora seamos.
Igual ocurrirá si observamos un accidente, sufrimos un
desengaño, o alguien nos alaba o critica, -comentando formas de ser
y actuar que ellos observan, pero en las cuales nosotros no habíamos
reparado-.
Notaremos, entonces, que cambia sustancialmente nuestra
entidad, nuestro concepto de nosotros mismos y por tanto cambiaremos
nosotros.
No seremos lo mismo, desnudos y abandonados a un
terreno hostil que vestidos y auxiliados de teléfono, ordenador o
herramientas diversas que nos permitan interactuar con el exterior.
Esas prolongaciones artificiales pasan a ser
inadvertidamente parte específica de nuestra corporalidad.
Sé, sin embargo, por mi reticencia a dejar de ser “el
mismo”, experimentada a lo largo de los años, que es más fácil
ver en nosotros un Yo indisoluble, que llegó y se irá de este mundo
manteniendo unos estándares de uniformidad inconfundibles, que
observar cómo casi ningún día de nuestra vida hemos sido la misma
cosa y no solamente no conservamos en el cuerpo ninguna de las
células que nos constituyeron inicialmente, sino que ninguna de
nuestras actitudes cognitivas y procedimentales se han mantenido
constantes para poder demostrar que somos algo diferente de una
constatación de recuerdos.
Esa estructura mental recordadora de experiencias, que
proyecta planes futuros, no resulta ser un ente universal verdadero,
sino más bien un estado transitorio de límites indefinidos y
cambiantes a lo largo del tiempo.
FORMAS DE SER UN PAISAJE
Debemos, pues, considerar nuevas actitudes y
comportamientos respecto al medio ajeno, que ahora pasa a completar
el espectro sensitivo y corporal que nos identifica.
Ya no serán únicamente la caridad o la empatía los
agentes encargados de tratar al prójimo de forma altruista y
solidaria con la finalidad de sentirnos mejores y más felices, sino
la conciencia de estar interactuando con parte de nosotros ahí
afuera.
Si un bosque se quema, ese hecho no sólo perjudica el
futuro de la humanidad, sino que quema algo propio e íntimo, algo
mío, como extensión que es ese bosque de mi corporalidad y
sensaciones personales.
Esa interacción continua, esa forma de vernos
reflejados en otras personas y en otros paisajes, en el
convencimiento de que somos ellos y ellos forman parte de nosotros,
es la que creo se refleja, explica, sintetizada y sugiere en cierto
poemario del que soy autor.
Si lo encontráis, leedlo y descifrar las claves.
Muchas gracias.